miércoles, 4 de mayo de 2016

A los 71 meses de la tentativa de asesinato contra mi hijo Jordi


Por: Ramón Antonio Veras.
1.- Mientras algunas personas se lamentan haber superado la juventud y estar en la tercera edad, yo, por el contrario, me  siento ser un  suertudo, muy agraciado por haber llegado con vida a más de setenta y siete años. No me  produce aturdimiento pensar que quiero formar parte del mundo de los vivos hasta que llegue la hora de la partida final.

2.- No me canso de repetir que tener vida a mi edad,  me ha permitido establecerme en  dos países: en el que nací y me desarrollé, y en  el que me ha correspondido  permanecer hasta ahora. Al prolongar mi existencia, he podido saber cómo puede cambiar el comportamiento de la especie humana de una generación a otra dentro del mismo territorio.

3.- Mantenerme con vida, por ejemplo, ha posibilitado que aprendiera a distinguir los  profesionales del derecho de ayer y los de hoy,  particularmente en lo que se refiere a conducta, decencia, honestidad y respeto a la majestad de la justicia. Los abogados y abogadas   se caracterizaban por su gentileza,  apego a los principios de la ética y la moral profesional, así como pulcritud en su lenguaje y esmerado proceder en los estrados.

4.- Por un conjunto de circunstancias que jamás en mi vida podría prever, he podido formarme una idea, más o menos clara, de que los hombres y mujeres de la  toga y el birrete de hoy,  en su gran mayoría, constituyen una ofensa, un bochorno, una afrenta  para los profesionales del derecho.

5.- La tentativa de asesinato de que fue  objeto mi hijo Jordi, el 2 de junio de 2010, y el proceso judicial seguido a los responsables de la acción criminal, me ha motivado a estar presente en las distintas audiencias efectuadas en primer grado y en  apelación.  La  mayoría de los defensores técnicos de los imputados, en lugar de abogadas y abogados, se han comportado como ejemplos vivos  de lo que son los profesionales del derecho de una sociedad degradada, en completo estado de descomposición.

6.- Una sociedad humana tiene que haber llegado a un grado tal de  podredumbre para alojar en su seno a individuos que no  tienen  el más mínimo sentido de lo que es decencia, despojados de todo lo que significa decoro y comedimiento. De lo que he sido testigo en los últimos 71 meses es lo  que ha parido como abogadas y abogados un medio social propicio a la insolencia, al lenguaje soez y  descomedido.

7.- Solamente el deber que me impone estar reclamando justicia al lado de mi  hijo, he tenido que escuchar a mujeres y hombres de baja estofa, que con su indignante proceder lesionan el augusto nombre de la justicia, estropean la venerable profesión de abogado y ponen en entredicho el nivel académico de la universidad de donde provienen.

8.- Ojalá llegue el día, que espero no sea tarde, cuando el ejercicio  de la profesión  esté apegado a la ética y a la moral profesional, y la sociedad cuente con  un órgano que regule el comportamiento de las abogadas y abogados, no como ahora, que  los togados rastreros,  andan por ahí sin miramiento alguno, demostrando con su actitud que para ellos da lo mismo estar en una sala de audiencia que en un burdel.

9.- Mientras tanto, seguiré ahí,  junto a mi hijo, como he estado desde hace 71 meses; consciente de que así como en la sociedad dominicana hay mujeres y hombres de bien y también escorias, entre los profesionales del derecho los  hay dignos y honrados, así como abunda la basura con aparente rostro humano,  subproductos sociales que con sus actuaciones dañan y hacen pestilente  la profesión.


New York, 2 de mayo de 2016.





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