lunes, 8 de junio de 2015

Episodios de mi vida…

Opinión

Una explicación necesaria


Por Ramón Antonio Veras

 En el curso de mi vida, en mis vínculos con los demás, he tratado de ser franco, abierto, transparente, para que quien aspira tener conmigo una sincera comunicación, me conozca sin el mayor esfuerzo y sin llevarse sorpresas.

Dado que la diplomacia no es mi punto más fuerte y que tengo un carácter muy definido, esporádicamente áspero, no ha de extrañar que tantas franquezas, acompañadas de alguna ocasional belicosidad, a veces justificada y otras caprichosas, causen sus inconvenientes en la interacción social.

Lo mismo también ha contribuido a suscitar fricciones, a veces innecesarias, o al menos excesivas, en el entorno familiar y de círculos allegados.

No obstante, tengo la profunda convicción de que ese carácter, criticado tanto por mí, como por los demás, es el que me ha permitido sobrevivir y levantar a mi familia, en la forma que lo he logrado.

Mi espíritu de confrontación también tiene un componente que no es de carácter, sino de ideología, pero por el momento esa es otra historia, aunque no se puede desligar de esta.

La franqueza ha sido una línea de comportamiento en mi vida. Trato de exhibir la naturalidad sin esfuerzo alguno porque me es inherente. La simulación no tiene espacio en mí. Al fingimiento lo veo como algo insoportablemente artificial. Detesto el aparentar porque la apariencia no me cuadra. No conozco la ficción.
Aquel que me ha tratado y todavía no me conoce, lo lamento, porque ya se me hizo tarde para demostrarle lo que he sido y lo que soy como persona, y como dominicano nacido, formado y desarrollado aquí.

Por feliz circunstancia, no tengo necesidad de convencer a mis amigos de quién soy, porque me conocen y a mis adversarios no los puedo convencer de forma alguna, con verdades absolutas, ni relativas, así es que simplemente no forman parte del auditorio al que aspiro.

Pero sí estoy en el deber de hacer que me conozcan aquellos que vienen a ser la prolongación de mi vida y tienen todo el derecho de pedirme cuentas, de escucharme, de saber quién soy y quién he sido, para que mañana, en el futuro, nadie venga a decirles que en mi vida fui un santo o un demonio, sin que ellos tengan su propia versión.

Los míos, aquellos que llevan y van a llevar de por vida mi sangre combinada con la de su madre, no están llamados a recibir, con respecto a mí, informaciones con sorpresas, ni noticias con estupor sobre lo que fue y ha sido mi existencia.

I.- Una observación a mis hijos

A mis hijos les digo que si están en presencia de una persona de sano juicio, sensata, ecuánime, juiciosa, equilibrada y apreciada como seria, y se manifiesta confundida, equivocada, errada, con relación a un hecho o actuación en mi vida, deben de esforzarse para convencerla de que no está en lo cierto, que está desinformada.

Pero también les digo a mis vástagos que no se deben dejar confundir tratando de convencer a quien tiene una idea fija o interesada para no aceptar ni la verdad absoluta, porque sería una de las tantas formas de perder el tiempo.
Se puede persuadir al que no está condicionado, ni prejuiciado, no así a quien está negado a reconocer, a aceptar ni la existencia del mundo exterior que le rodea.

El aliado de la suspicacia irracional, acompañada de malicia o interés, es un obstinado y enceguecido ser que no merece la más mínima explicación o aclaración de un hecho o fenómeno, porque sus dudas no son las del escepticismo saludable de la racionalidad y del amor al conocimiento, sino las despreciables banderas de la insidia espuria e interesada.

Los afanes diarios de la vida moderna, el anhelo de buscarle una salida rápida a las cosas que se presentan, nos impiden dar a conocer a nuestros hijos y nietos, cómo fueron los primeros años de nuestras vidas los cuales se reflejan en la forma de desenvolvernos en la actualidad.

Como no ha sido mi campo de estudio, no puedo explicar científicamente el proceso mediante el cual la especie humana va fijándose en su cerebro una serie de hechos, sucesos y trances que en el futuro sirven de guía a sus actuaciones.

Esas fijaciones van a estar establecidas como puntos de referencias, hilos conductores de cada persona.

Como adulto y persona mayor, he tenido presente una serie de hechos ocurridos durante mi niñez. Los he retenido y recordado, como algo que considero provechoso transmitir a mis descendientes.

Es posible que ninguno de mis cinco hijos biológicos, tenga una idea de lo que fue la vida material y espiritual de su padre en los primeros años de su existencia.

Para que ellos sepan por qué reacciono en una u otra forma ante una serie de cuestiones, me voy a permitir recrear algunos hechos vividos por mí en la niñez y que me han seguido por siempre.

II.- La vivienda y yo

Siempre he manifestado interés en que toda persona estrechamente vinculada conmigo disponga para sí y los suyos de un alojamiento propio. Esta es una inquietud que definitivamente está vinculada a algunas angustiantes experiencias vividas en mi niñez y adolescencia, cuando mi familia vivía como una pelota de ping-pong, mudándose de un sitio a otro y siempre con los pocos trastos sobre la cabeza.

Cuando mi madre llegó a Santiago desde la sección Palmarejo, en compañía de mi padre, se mudaron en una habitación de una cuartería ubicada en la calle Duarte, entre las calles hoy Pedro Francisco Bonó y 27 de Febrero. Pagaban tres pesos mensuales por concepto de alquiler. En ese lugar nació mi finada hermana “Monina”.

De esa cuartería de la calle Duarte, me contó mamá, ella, papá y “Monina”, se fueron a vivir a un bohío ubicado dentro de una finca del señor Cristóbal Bermúdez.

La propiedad, en su totalidad, se extendía desde donde está hoy en Santiago el local del Partido Reformista, hasta más allá de la Avenida J. Armando Bermúdez, circundada también por lo que es ahora la Avenida Bartolomé Colón y la 27 de Febrero.

Mis padres llegaron a ocupar esta vivienda sin pago alguno, pero a cambio de que mamá, que había dado a luz a “Monina”, lactara a un nieto de Cristóbal Bermúdez, de nombre Fernando Bermúdez, luego conocido en Santiago, hasta su muerte, como “Fernandito El Catarey”.

Precisamente, en esa vivienda, separada por una cañada, nací yo, asistida mi madre por una comadrona, el 25 de diciembre de 1938.

En un momento dado, el señor Bermúdez, requirió que le desocupáramos la vivienda y así lo hicimos. Mi padre logró que el director de Obras Públicas, en Santiago, nos dejara vivir, como condescendencia, en la segunda planta de una destartalada casa ubicada en la calle España esquina Las Carreras, donde ahora está el Ateneo Amantes de la Luz. A los pocos meses nos mudamos de ésta porque la parte que ocupábamos sería utilizada como almacén de Obras Públicas.

Luego de desocupar la propiedad de Obras Públicas, mi padre logró que nos dejaran vivir, sin pago alguno, en una casa–almacén- propiedad del Ferrocarril Dominicano, empresa para la cual él laboraba. La vivienda estaba localizada al lado del Cementerio de la 30 de Marzo, a pocos pasos de donde ahora está la estación principal de los Bomberos de Santiago.

A los cuatro o cinco años de estar viviendo en la del ferrocarril, por fin, alquilamos por RD$25.00 pesos mensuales, la segunda planta de una casa situada en la calle 27 de Febrero No.129, propiedad, en esa época, de doña Gloria Segura, la madre de Tatica y Rochi, hijas del finado General Ludovino Fernández.

Luego, al no poder seguirle pagando el alquiler a doña Gloria Segura, nos mudamos a la casa No.86 de la calle General Valverde, y de ahí a la No.157 de la calle Salvador Cucurullo.

Continuará la semana próxima




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